30 de enero de 2015

Un café de letras con Josep María Nadal Suau

¡Buenos días, queridos seguidores!

Como ya habéis ido comprobando desde que dimos a luz este blog, hemos tratado diferentes áreas relacionadas con el mundo del teatro: desde análisis de obras, pasando por presentaros cuatro pinceladas acerca de algunos directores, hasta entrevistas a personalidades harto conocidas por quienes están a la última en estos lares, u otras más cercanas a nosotros y que os hayan podido resultar igual de inspiradoras.

El curso pasado, los alumnos de la UIB matriculados en la asignatura Literatura Española Contemporánea: Fin de Siglo tuvimos el placer de tener como profesor al crítico literario Josep María Nadal Suau. Así, cuando decidimos emprender este proyecto, pensamos que sería buena idea ponernos en contacto con él, tomar un café y que nos diera a conocer las perspectivas que baraja la crítica y comentar el panorama teatral que está viviendo Mallorca actualmente. Él no nos puso ninguna pega, y nos regaló su colaboración.

Hoy, después de tanta espera y trabajo para poder aunar todo lo que da de sí un café, os presentamos el coloquio, más bien lección, que nos ofreció Josep.

¡Esperamos que la disfrutéis!

Josep Maria Nadal Suau (Palma, 1980) lleva ejerciendo crítica literaria desde, podríamos decir –según sus palabras en un encuentro digital en El Mundo –, muy temprana edad. La constancia, dedicación e ilusión que le llevaban a hacer, por ejemplo, una crítica de Basil el ratón superdetective a los siete años, le siguen acompañando, como no es de extrañar, a día de hoy. Y es por ello, la curiosidad inocente – o no tanto– de un niño pequeño, llevada al esfuerzo, estudio y trabajo diario, que se ha situado entre los grandes comentaristas de la cultura hispanohablante.

En primer lugar, Nadal Suau nos explicó cuál ha sido su relación con el teatro. Esta empieza, como parte importante de la cultura, desde temprana edad cuando sus padres, por ejemplo, le llevaban a ver una pieza teatral. Espectador desde siempre, se considera un amateur de este mundo. Ha participado en teatro escolar y en las categorías alevines del Teatro Municipal. Incluso, siendo niño formó parte de una representación profesional en el Teatro Principal de Els Sordomuts, un texto del dramaturgo mallorquín Antoni Mus. Siendo mayor, interpretó obras como Las brujas de Salem de Arthur Miller o Ha llegado un inspector de J. B. Priestley. Durante los años 1999 y 2000 dirigió un taller escolar en su colegio, Nuestra Señora de Montesión, junto con José Albal; representaron obras tan importantes como Las bicicletas son para el verano o La cantante calva. A pesar de contar con un importante conocimiento del mundo de las bambalinas, el trabajo de crítico lo ha enfocado a los géneros de novela y, en menor medida, de ensayo. Si bien es cierto que tiene experiencia como crítico cultural, y que en su blog "Nunca pasa nada", albergado en la web de El Mundo, tuvo la oportunidad de prestar atención a la cartelera de la isla entre 2011 y 2012; y actualmente, en su columna semanal "No prometo nada" para El mundo-Baleares, se detiene también a hablar de teatro, por ejemplo sobre una producción propia del Teatro Principal de Palma, La maledicció (La maldición) dirigida por Lluqui Herrero.

Una vez adentrados en el ‘tablao', le preguntamos a Josep cómo empezó en el mundo de la crítica. Nos lo cuenta así:

“Cuando estudiaba el último año de Filología Hispánica en la Universitat de Barcelona, preparé un trabajo sobre los Dietarios de José Carlos Llop. Llop era un autor cuya lectura me había formado mucho literariamente en una edad temprana, y siempre compartí algunas referencias sentimentales con él porque habíamos estudiado en el mismo colegio (recreado en su novela El informe Stein) y éramos de la misma ciudad, aunque nos separen veinticuatro años. Durante mucho tiempo, José Carlos había sido para mí la confirmación física de que los escritores existen, porque me lo encontraba por las calles de Palma sin que nadie nos hubiera presentado. Así que el trabajo fue una buena excusa para ponerme en contacto con él por primera vez, y a partir de ahí se ha forjado una relación de amistad y muchísimo respeto. Cuando en 2003 regresé a Mallorca, fue Llop quien confió en mí y propuso mi nombre como posible colaborador al periodista Carlos Garrido, que entonces coordinaba el suplemento cultural Bellver de Diario de Mallorca. Carlos, que ha acabado siendo otro gran amigo (él y Llop son algo así como mis padres putativos), se hizo de rogar durante unos meses, pero al final me llamó para pedirme que le enviara algún texto. Así lo hice: lo que yo pudiera tener escrito en ese momento tenía que ser de una pedantería increíble, porque era un chaval de veintitrés años con ganas de exhibir cuánto había leído. Y yo que conozco a Carlos, sé que debió reírse un poco de mí. Pero en fin, hicimos un café, me dio algunos consejos (“ponte la foto de un jubilado delante cuando escribas, ¡recuerda quién lee los periódicos!”), y finalmente me ‘fichó’ para Bellver, donde escribí los cinco o seis años siguientes.

A continuación, nos explicó diferentes conceptos en torno a una pregunta clave: "¿Cómo se ejerce la crítica y qué sentido tiene?".

"En esta cuestión, todo nace y acaba con la misma pregunta: realmente, ¿quién soy yo para condicionar la recepción de una obra que ha implicado muchas horas de trabajo a su autor, si mi opinión es sólo una más? ¿Realmente me siento una autoridad? Yo os confieso que mi condición de autoridad me parece muy relativa, y sin embargo ese trabajo me entusiasma. Así que al menos intento ofrecer tres constantes en mi crítica: honestidad, justicia y autoexigencia. Es decir, el lector merece saber desde dónde escribes, cuál es tu propia forma de entender la literatura o la cultura, para decidir si la comparte o no. Y ha de tener la tranquilidad de saber que no mientes, claro. Luego, como crítico no puedes dejar de leer, de pensar, de prestar atención a un montón de disciplinas diversas. Recuerdo que Jordi Llovet dijo un día en clase que para ser crítico uno tiene que saber hasta de meteorología, porque si no se te va a escapar no sé qué matiz de la descripción que Flaubert hace de las nubes en Ruan. Verdaderamente, donde radica el talento del crítico es en la capacidad de cruzar conocimientos y experiencias, es decir, de establecer conexiones entre todo el entramado de sus conocimientos y encontrar matices que no sean los habituales en la lectura de una obra. El crítico, en menor o mayor medida, debe mostrar una visión propia de las exigencias y urgencias de la época. Si me preguntaran qué ha de tener una reseña para ser ejemplar, diría: un juicio claro sobre la obra (lo cual no significa que tenga que ser sólo blanco o negro, también caben los grises y hasta las dudas; lo que no cabe es ocultar tu opinión), al menos una idea propia que sea digna de tal nombre, y un estilo reconocible".

Otra vertiente de la que nos habló Nadal Suau es del ámbito donde se realiza la crítica.

"Ya que vosotros planteáis un blog desde Mallorca, podemos preguntarnos: ¿hasta qué punto tiene sentido realizar la crítica para un marco tan reducido? Es decir, en Mallorca tenemos tres poetas por municipio, si es que ser poeta consiste en publicar libros de poesía. Pero si un cardiólogo de Lloseta publica un poemario de paisajes decimonónicos dedicado a su segunda esposa, y es evidente que esa obra cae en el ámbito del amateurismo, y que su tirada y repercusión son ínfimas, ¿eso merece una recepción crítica? O, ya que hablamos de teatro, ¿manejamos los mismos criterios de exigencia con un montaje local que con uno venido de Madrid o Barcelona, o con un presupuesto de otro orden? Son preguntas que tienen que ver con otra más relevante: ¿cuál es nuestro sistema cultural? Yo no creo que sea Mallorca, sino una realidad más amplia: catalana, española o europea, como queráis. Pero Mallorca, en sí misma, es algo diminuto, y a veces aplicarle según qué herramientas críticas es un poco como observar un átomo con un telescopio (esta última imagen se la copio a Arcadi Espada de un viejo artículo suyo). Pero me doy cuenta de que puede parecer que digo cosas que en realidad no quiero decir. Primero: por supuesto que la cultura hecha en Mallorca da regularmente productos que merecen una mirada crítica. Segundo: por supuesto que puede hacerse crítica en Mallorca; decir lo contrario sería como asumir que no se puede ser ciudadano en Mallorca, porque pensamiento crítico y ciudadanía van de la mano. A lo que me refiero, simplemente, es a que cuando se hace crítica en este marco, hay que saber ajustar la escala. En la isla tenemos tendencia a imaginar que somos un continente, y no lo somos: ni todo lo que ocurre aquí es valioso, ni lo valioso que ocurre aquí puede entenderse sólo en clave ‘regional’.
  
Esto último nos llevó a cuestionarnos: “¿Existen amiguismos?”.

"Bueno, existe la evidencia de que todos nos conocemos. Si hablamos de Mallorca, esto es tan evidente que no importa insistir; pero seguramente es cierto también en ámbitos menos reducidos. Así que, ciertamente, pueden producirse casos de amiguismo u otras situaciones más ambiguas. Además, en un ámbito tan cercano como el de la isla, los creadores en el fondo no están esperando que hagas crítica, sino publicidad. Os cuento un caso gracioso: un crítico y un escritor, ambos profesores de secundaria, coinciden durante un año en un centro de la isla y traban amistad. Claro, los dos son lectores, comparten referencias, etc. Bien; luego se van a otros centros pero siguen teniendo algún contacto, y entonces el autor publica una novela. “Te la envío para que puedas valorarla”, le dice al crítico. Y en efecto, ese crítico recibe la novela, la lee… Y le parece francamente mediocre. ¿Qué hace? ¿Se pelea con su amigo por publicar en un periódico de provincias una crítica que leerán quince acerca de una novela que leerán veinte? ¿Una novela que no permite hablar de ningún aspecto realmente interesante o mínimamente vivo en nuestro mundo y en la discusión literaria actual? El crítico decide hacer otra cosa: no publicar ninguna reseña. Así no miente y tampoco le crea un problema al amigo. Pero el novelista no se conforma, le escribe a menudo, le exige la reseña… Así que el crítico la escribe, sin mentir, y la publica; y entonces el autor, naturalmente, se coge un rebote fenomenal y le amenaza diciéndole que ya se volverán a cruzar sus caminos, ya. En fin…"

En el coloquio, no podía faltar que Josep nos explicara qué valora él en la obra a la hora de ejercer la crítica.

"Desde luego, no la técnica. La técnica es necesaria y cuando falla eso puede llegar a ser un gran problema para el espectador; pero no es lo realmente nuclear en una obra artística, en la disciplina que sea. Lo que yo busco en una obra es una cierta densidad de ideas, por decirlo así. Una conexión exigente y sólida con la realidad, la intuición de que esa obra está sosteniendo varias capas de sentido por debajo del ropaje más evidente. Esto no tiene por qué significar pedantería ni una falsa profundidad, puede hacerse con sencillez; pero tiene que estar. Luego, hay otra cosa todavía más difícil de nombrar, todavía menos reducible a una categoría: la emoción. Y en tercer lugar, a mí me gusta reconocer a alguien detrás de la obra, es decir, a un autor. Y sí, es cierto que en el caso del teatro la noción de autoría es muy discutible y son varios quienes pueden reclamarla, pero ese juego es también muy estimulante: ¿en qué elementos reconozco al dramaturgo, en cuáles al director, etc.? De todas formas, cuando una obra tiene algo que decir lo reconoces enseguida, porque provoca ganas de escribir. A veces puede no haberte gustado o gustado a medias, pero si funciona como un motor potente para tu propia escritura, es que probablemente allí hay algo que está vivo".

Aprovechamos, a continuación, para preguntarle si había visto Hamlet Party, que por aquel entonces era la única función que Bernarda Ñ había presenciado.

"Sí, la vi en Can Alcover. Y me gustó: me divirtió, simpaticé con su falta de prejuicios al plantearse como espectáculo, y me pareció que aprovechaba bien el espacio. Eso sí, y volviendo a lo que decía justo antes: la entiendo como una pieza de Pep Ramon Cerdà, no de Shakespeare. Hay quien dice que a Shakespeare sólo hay que verlo en Londres e interpretado por actores veteranos, porque todo lo demás son sacrilegios. ¡Hombre, no diría tanto! Pero Hamlet party no es exactamente “un Shakespeare”, sino más bien una apropiación desinhibida por parte de su director. Lo que me parece bien. Y con todo, diré que Miquel Àngel Torrens logra ser un buen Hamlet, totalmente convincente, y que a mí Maria Bauçà me emocionó de verdad con su Ofelia." 

Como conclusión nos advirtió de una idea fundamental, muy importante a tener en cuenta:

"La crítica NUNCA DEBE SER PUBLICIDAD; ni una crítica positiva puede funcionar como mero marketing de la obra, ni una crítica negativa ha de servir como publicidad para el propio crítico. Ambas cosas ocurren demasiado a menudo. De hecho, la misma idea de que las críticas son positivas o negativas sin más ya es una simplificación, porque normalmente uno tiene relaciones más complejas con un libro o un espectáculo. En todo caso, creo que el crítico debería ser una pieza en la cadena de diálogo que incluye al autor, a la misma obra y al espectador. El buen crítico pone ideas en circulación, y esas ideas son más importantes que un simple diagnóstico me gusta-no me gusta, porque esa reducción a un estado de Facebook sólo puede compartirse o no, pero una idea puede debatirse, replicarse, ampliarse, etc. Por lo demás, los críticos malos son un desastre más desagradable que los autores malos, porque en ellos hay algo subalterno, carroñero; pero un buen crítico es alguien necesario y valiosísimo. Cuando escucho a un creador burlarse del oficio de la crítica, así en general, me quedo bastante impresionado, porque un crítico es un lector, un espectador. Creer que el crítico está de más conlleva la idea implícita de que el lector o espectador también está de más, o de que hará bien en limitarse a asentir ante la obra. No sé si una concepción así de la cultura tiene demasiado sentido. E iré más lejos, sin llegar a la provocación de Oscar Wilde cuando dijo que el crítico era el mayor artista: cuando se dice que un crítico es un “escritor frustrado”, pienso que en muchos casos es cierto, pero porque los malos críticos abundan. Un crítico no tiene por qué ser un “escritor frustrado” porque, de hecho, el crítico escribe, ¿no? Pues que intente hacerlo bien, y a lo mejor resulta que acaba siendo un verdadero escritor, como Cyril Connolly".    


Y esto es todo, fieles seguidores, esperamos que os haya gustado. Muchas gracias a Nadal Suau por regalarnos su tiempo y colaboración, ¡maestro! 

Foto de final de curso 2013-2014. Aquí aparece Nadal Suau acompañado de varios de sus alumnos, entre los que se incluyen tres miembros de Bernarda Ñ: Marta, Marina y Luisa. 

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